Margarita,
la mujer río
y la serpiente de oro

Texto y fotos: Flor Ruiz Muñoz

Nagkamsa minimu, “el origen”

A mí, más que interesarme el mundo del arte, me ha interesado entender qué papel jugaba la fotografía desde una perspectiva antropológica, sociológica. Es decir, por qué utilizamos las fotos, por qué llevamos fotos en nuestras carteras, cuáles son las vinculaciones de tipo afectivo, sentimental, por qué hoy todavía seguimos haciendo fotos. A lo mejor, ya no hacemos fotos para recordar, sino hacemos fotos para adorar, para comunicarnos, para crear conectividades (Joan Fontcuberta). (1)


Han transcurrido nueve años desde aquella mañana de setiembre en que fotografié a Margarita Chamik Cumbia. Aquella vez, al terminar de tomar sus retratos, sentí que ella había “robado mi alma”; la había puesto en un cordón umbilical invisible existente en el mundo de mis sueños y de su realidad, y así logró que quedemos conectadas. Esa sensación creció lentamente, a medida que publicaba su foto en un artículo, una red social, o su foto era parte de algún reportaje. Con el paso de los meses, cada vez que volvía a ver su rostro fotografiado, seguía aquella mirada fija en mí. Ese modo de sentir su presencia se convirtió en la certeza de que ella quería transmitirme un mensaje.

Pasaron muchos viajes con sus varios años para darme cuenta de que esa conexión entre el mundo de mis sueños como fotógrafa de viajes y el mundo real de ella como lideresa de un pueblo originario amazónico, se unían en una misión: Margarita quería tomar prestada mi cámara, mi pluma, mi ser…para, a través de mí, contar sobre ella y los suyos, para registrar en imágenes la lucha de décadas de su pueblo originario awajún de Tutumberos, en la Amazonía peruana cerca de la frontera con Ecuador, por el derecho a su territorio, a sus fuentes de agua, a su río Marañón.

En Tutumberos cuidan y protegen su tramo del río Marañón, también conocido en la literatura peruana como “la serpiente de oro”, nombre que le puso el escritor indigenista Ciro Alegría, nacido en el distrito de Sartimbamba, provincia de Sánchez Carrión, departamento de la Libertad. En su novela homónima de 1936, el escritor peruano describe la forma serpenteante de dicho río, que transcurre desde la frontera con Ecuador hasta la sierra sur peruana, además destaca su coloración dorada, delata así su contenido como gran fuente aurífera. Los pobladores de estas zonas han logrado frenar la construcción de una hidroeléctrica que los dejaría sin acceso a sus propias fuentes de agua. Actualmente, siguen inmersos en otras amenazas y conflictos en tiempos de estrés hídrico frente al cambio climático, la deforestación de sus bosques o la minería ilegal, que contamina su río. Siguen siendo históricamente vulnerables e invisibilizados por la falta de leyes que reconozcan sus derechos.
Como fotoperiodista peruana desde hace casi tres décadas, que incluyen los últimos quince años como fotógrafa de viajes en paralelo al ejercicio de escribir y fotografiar lo real y maravilloso de la Amazonía de mi país, he conocido en estas rutas de pobladores hombres y mujeres, jóvenes y adultos, dirigentes y líderes, empeñados en buscar soluciones. Me narraban sus causas y azares en busca de que su propia voz llegara a Lima.

Fue así como, en setiembre de 2017, viajé al noreste, región Amazonas, provincia de Bagua, para la elaboración de un reportaje sobre las afectaciones, el rechazo y los conflictos socioambientales en las comunidades awajún frente a la construcción de la central hidroeléctrica Lorena. El proyecto, una concesión a una empresa privada, un despropósito que desde el comienzo fue cuestionable y cuestionado por los pobladores awajún a quienes desde el inicio ni se les informó sabiendo las limitaciones por la diferencia de idioma, era impulsado durante el gobierno del entonces presidente Pedro Pablo Kuczynski.

Sin embargo, la población de esta zona ya proclamaba su rechazo a la construcción de esta central hidroeléctrica desde más de una década atrás. El gobierno del entonces presidente Alan García, entre 2006 y 2011, había sostenido que para incrementar la matriz energética era de interés nacional construir veinte centrales hidroeléctricas en la cuenca del río Marañón, la misma cuenca donde vivían las comunidades awajún y sus vecinos, los wampis. Entonces, para el 2017, el nuevo impulso a la construcción de dicha central hidroeléctrica significaba para Tutumberos, y para las comunidades aledañas volver a la defensa de su derecho de acceso al agua, y retomar fricciones socioambientales por la falta de una ley de consulta previa, así como por la trasgresión del debido respeto a los pueblos originarios awajún y wampis, sus vecinos, ambos defensores de la “serpiente de oro”. En ese contexto llegué a la comunidad de Tutumberos, en la selva baja de Bagua, históricamente defensora de sus derechos y señalada como el pueblo de guerreros. Fue allí donde conocí a Margarita Chamik Cumbia, la “mujer del río”.


Awajún, “gente río”

“Perspectivismo” fue un rótulo que tomé prestado del vocabulario filosófico moderno para calificar un aspecto muy característico de varias, sino todas, las cosmogonías de los pueblos originarios amerindios. Se trata de una noción, en primer lugar, de que el mundo está poblado por muchas especies de seres (además de humanos propiamente dichos) dotados de conciencia y de cultura y, en segundo lugar, de que cada una de esas especies se ve a sí misma y a las demás especies de un modo bastante singular: cada una se ve a sí misma como humana, y ve a las demás como no humanas, esto es, como especies de animales o de espíritus (Eduardo Viveiros de Castro). (2)

Perú alberga poco más de 34 millones de pobladores, es el quinto país con mayor demografía en el continente. De ellos, alrededor de 5 millones viven en la Amazonía. Más del 60% del territorio nacional es selva amazónica, caracterizada por una gran biodiversidad, así como por la abundancia de recursos naturales. La Amazonía concentra el 97% del agua dulce del territorio peruano, recurso que proviene de la vertiente del Atlántico. Sin embargo, ni el 30 % de la población amazónica tiene agua potable.

Cerca de 800 000 peruanos provienen de etnias amazónicas (un 3,5% del total de la población), distribuidos entre 51 pueblos originarios (de un total de 55). Uno de ellos es el pueblo awajún, anteriormente conocido como aguaruna, el segundo en mayor número, calculado en cerca de 38, 000 mil habitantes. Además de vivir en la región Amazonas, se ubican en las de Loreto, San Martín y Cajamarca, todas ellas en el norte de Perú. De sus cerca de 500 comunidades, se calcula que ni la mitad tiene títulos de propiedad, pues padecen de permanentes intentos de despojo territorial desde la época incaica.

Sus orígenes se calculan en promedio en los 400 años de la EC, como descendientes de la cultura moche, de allí la mística de guerreros. Tuvieron contacto con los incas, así como resistencia contra españoles y misioneros. Los primeros registros de ocupaciones propiamente awajún datan de 1589, a partir de una epidemia de viruela, que los llevó a habitar zonas cercanas al río Marañón, en la región Amazonas. Tutumberos forma parte de este territorio ancestral, que además ha tenido que defenderse por conflictos de ocupaciones y guerra con el Ecuador desde el siglo pasado.

Awajún se traduce como “gente río”, y en honor a su nombre estos pueblos han tenido que defender sus recursos naturales. Su historia, registrada en mitos y leyendas orales, da cuenta de cómo aprendieron, así como sus ancestros, a convivir con los ríos como si también fueran entidades antropomórficas, quienes han padecido enfermedades como las sequías. Sus “ríos personas” proveen y hacen crecer en sus territorios una gran diversidad de semillas, las que luego producirán comida y serán las “farmacias”, pues recogerán de ellas plantas medicinales ancestrales como la ayahuasca.

Aquella cosmovisión centrada en los ríos parte de una relación muy estrecha y en equilibrio con la naturaleza, cuyos actores son considerados entidades humanizadas, tan igual como los awajún. Ambos conviven, se cuidan, protegen y apoyan mutuamente. Esta mística forma parte de su existencia cotidiana. Consideran que sin haber protegido y aprendido de la naturaleza, denominada Nugkui, la madre de la tierra, no sería posible que todo awajún hubiera sobrevivido. Plantean tener un estilo de vida muy diferente a las “sociedad de consumo”, que al ser extractivistas, sólo consumen de la naturaleza sin ver que conlleva, además se debe aprender a convivir. Los awajún tampoco hubieran sobrevivido sin la comprensión de que el territorio es tierra, agua, cielo. Les preocupa mucho la destrucción del bosque amazónico, que es alimento y farmacia. Sin embargo, el Estado, cuando llega, sólo lo hace para traer nuevos problemas, sin mostrar comprensión alguna por la mística bajo la cual ellos mantienen su biodiversidad, lengua, y revalorar su memoria histórica en busca de alcanzar el bien común sobre la base del derecho de su libre determinación, autonomía, territorio.

De esta historia y mística proviene todo awajún, como Margarita, su familia y los pobladores de Tutumberos. Sin embargo, para que este sentido de cuidado y protección mutua y extendida en el ideario awajún del “buen vivir” diario sea posible, en el mundo “real “de los humanos tuvo que llevarse a otro plano, el de la delimitación del espacio físico de cuidado. Así, la noción de “territorio”, acuñada desde que el mundo comenzó a expandirse, se determinó la propiedad de la tierra, ha sido cada vez más incorporada en la Constitución, las leyes y otros mecanismos de demarcación. Por ello, para los awajún, este cuidado para el autogobierno es parte de como se consideran ellos “territorio integral”.

Ina nugkenig ashi ayawai, “el territorio integral”

“Cuando decimos territorio integral, nos referimos al territorio en su dimensión espiritual, material y espacial, que nos permite vivir y desarrollarnos como una nación originaria con una cultura e identidad propia” (Gil Inoach Shawit). (3)
Aquel setiembre de 2017, era el tercer viaje que realizaba a una comunidad awajún. El primero fue en el 2015, en la misma región Amazonas, en la cuenca del río Santiago, en zonas de mucha pobreza, para registrar emprendimientos a partir de la extracción del látex de los árboles de shiringa. De allí proviene el caucho con el que se transforma el látex en productos como bolsas, zapatillas, botas o carteras para venta nacional. El segundo viaje, a la misma región pero en otra cuenca, la del río Cenepa, se realizó dos meses antes del tercero para registrar problemas de salud en población awajún, sobre todo en jóvenes que se estaban contagiando del VIH/Sida, problemática muy poco difundida a la fecha y de la cual la población aún no quiere dar testimonio alguno.

Tras aquel viaje, atestigüé que el territorio awajún se encontraba con mayor vulnerabilidad: aparte del tema del río Marañón y la posible hidroeléctrica, la población aún convivía con las secuelas de derrames de petróleo sucedidos un par de años antes, tras una rotura del oleoducto norperuano, de la empresa estatal Petroperú. Cuando los ingenieros de la empresa llegaron para iniciar la limpieza del río, pagaron a niños y adolescentes de la comunidad para que entraran con baldes a extraer el derrame, lo que impactó en la salud de cerca de medio centenar de menores quienes enfermaron sin atención médica, el Estado oficialmente negaba los derrames y las afectaciones, y censuraba a las instituciones que oficialmente los defendían.

En paralelo, en su río Marañón, dragas o sistemas de embarcaciones menores informales realizaban extracción de minería aurífera ilegal, lo que dejó la contaminación del río, cuyos peces murieron e incluso desaparecieron. Además, la población de todas las comunidades aledañas carentes de agua potable enfermó y aumentó sus índices de mortandad por el consumo de agua contaminada. En otras palabras, el territorio awajún estaba enfermo, y no parecía visibilizarse alguna dimensión que pudiera sanar. Occidente y su extractivismo sólo les había llevado ecocidios. Perú, su propio país, los había puesto camino a la distopía, al seguir negándoles la autonomía de su territorio integral.

Igkuniamu, “el encuentro”

Las mujeres amazónicas que se organizan deben superar distintos niveles de violencia instalados en sus vidas, en sus cuerpos. La naturalización de los roles de género que cargan de trabajo de cuidado de niños y niñas, así como de trabajo en la cocina y la chacra, implican dificultades para la organización de las mujeres, exigiéndoles desafiar los roles tradicionales de género. Tratar de conciliar los trabajos de cuidados atribuidos a las mujeres con las responsabilidades políticas cuando asumen las dirigencias es una importante fuente de preocupación para ellas (Delmy Cruz y Manuel Bayón). (4)
Aquella mañana de setiembre de hace nueve años, llegué a Tutumberos cerca del mediodía, la temperatura alcanzaba casi los 40 grados Celsius. Había salido de Lima en vuelo a una hora. Cuatro horas después de transportarme por vía terrestre, entre caminos asfaltados y trochas, al fin divisé la comunidad. Se encontraba en la margen derecha del río Marañón, rodeada por árboles nativos, con un ducto que transportaba agua hacia otra vía, y el río Marañón con su oroya o cesto para cruzar el río, lo mismo que subí con gran entusiasmo. La asamblea comunal que reunía a más de un centenar de pobladores esperaba mi llegada, misma que se había coordinado previamente a través de instituciones de conservación y derechos humanos. Estas habían hecho posible mi viaje para apoyar a la publicación de artículos periodísticos y fotografías alrededor de los temas ya mencionados.

La asamblea se congregaba en el espacio exterior de una casa, alrededor de una mesa, varios pobladores hablaban a la vez, en awajún, mientras en tono enérgico mostraban un folleto hecho por la empresa que planeaba construir la hidroeléctrica en Tutumberos y zonas aledañas. En él, se difundían los beneficios de la futura construcción para los pueblos originarios y se invocaba al diálogo para tal fin. Luego de presentarme y explicar el motivo de mi presencia de tres días con ellos, la señora adulta mayor, que vestía de túnica roja y usaba un tocado, comenzó a hablar en awajún durante varios minutos, de forma muy enérgica. El dirigente, Zacarías Cumbia Chamik, me explicó que era su madre, Margarita Chamik, lideresa de la comunidad, quien me había explicado en su idioma quiénes eran, la situación que vivían y sus demandas para poder encontrar soluciones. La asamblea pasó a disolverse rápidamente, para dar paso a una marcha espontánea que comenzó a reunir más pobladores, incluso familias y niños, quienes expresaron su malestar durante cerca de dos horas mientras caminaban a lo largo de aquella comunidad con una banderola muy grande que ondeaba y en la que se leía “queremos el río Marañón sin represa”.

Del más del centenar de personas que vi allí, además de fotografiar y conversar con algunos dirigentes varones que sí hablaban español, quedé impresionada por la mamá de Zacarías, Margarita: su energía, su rostro de vitalidad, con una facilidad de expresar molestia y ternura a la vez. Hablaba con todos; descalza, caminaba muy rápido, hablaba awajún en todo momento, mientras tomaba a los niños pequeños de la mano. Además, era la única anciana que portaba en su cabeza un tocado del gallito de las rocas, el ave endémica más querida y protegida en la región, con plumas de colores entre amarillas y rojas. En mis viajes anteriores, había visto que ese tocado lo usaban sólo los sabios o dirigentes de las comunidades awajún. Era evidente que debía conocer a aquella mujer, entrevistarla, fotografiarla.

Intermediado por el lenguaje de la intuición, el conocer a Margarita Chamik tuvo lugar en la tarde del día siguiente. Zacarías me dijo que podía fotografiar a su madre y también que me quedara en la comunidad, en la propia casa materna, para que desde la mañana del día siguiente lograra mi objetivo. Zacarías no regresó más. Tampoco llegó más familia de la líder, sólo un niño de unos cuatro años a quien ella cuidaba. Asumí que quedarnos a solas, sin nadie que pudiera fungir de intérprete, nos llevó a ambas a comunicarnos por sonrisas y gestos. Su vivienda de caña y madera era muy pequeña, de una sola habitación. Ella me hablaba algunas palabras en su idioma, yo sonreía, yo le hablaba algunas otras, ella sonreía. Nuestro lenguaje de señas nos permitió comunicar hechos. Ella me decía que debía comer, me ofreció una jarra de agua para lavarme. Me enseñó alguna fotografía también, como sus muñecas o las semillas con las que confeccionaba collares. Fue muy amable, inclusive me sentí invadiendo su casa, pues ella me dio su cama para dormir mientras ella dormía en una cama más pequeña con su pequeño nieto. Recuerdo que aquella noche, Margarita cantaba mientras comenzaba a dormir, y así acurrucó mis sueños.

La mañana siguiente, desde las 6 de la mañana, con la compañía del canto de las aves, decidí salir a fotografiar: El despertar de las nubes levantadas de haber dormido en las faldas de los cerros. Los gallos y las gallinas que se perseguían por la cancha de fútbol; los niños iban a jugar en la lagunita y la caída de agua. A unos minutos de la comunidad, al borde del río, dos adolescentes cernían en una bandeja restos de arenilla que desvelaba pepitas de oro. Cerca, mujeres lavaban ropa en el Marañón. De regreso con Margarita, por tan solo unos minutos nos acompañó Zacarías. Le pedí que dijera a su madre que quería tomarle unas fotografías en su casa. Él me pidió retratarla en la entrada de su casa, y ambos muy orgullosos y serios tomaron sus tocados. Margarita se puso un collar y sujetó una cesta que había tejido con hojas de plátano. Zacarías sostenía una vara de madera, que simbolizaba su autoridad. Al tomar esa fotografía, pensaba cómo se unían fuerza y afecto en ambos, madre e hijo, líderes, dedicados a cuidar su río y dirigir a su comunidad en defensa de su “serpiente de oro”.

Quedarme a solas con Margarita y verla más de cerca y ya menos tensa, con su rostro tierno de madre protectora, me hizo querer hacerle una foto con las manos juntas, a modo de rezo. Margarita comprendió mis señas de cómo quería posara ante mi cámara. Aceleró y tomó otro collar más grande, hermoso, una pechera en forma de rombo, de colores rojo, blanco y verde, confeccionado con diminutas pepitas. Comprendí por las señas que hacía, por su alegría, que ella lo había tejido. Se sentó, me miró fijamente a la cámara. Disparé pocas fotos en unos minutos que parecían hablarme de cada parte de ella: de todo lo hecho con sus agrietadas manos juntas, de lo vivido por aquella mujer de rostro sereno y cabello largo azabache. Pero, sobre todo, ver su mirada, como si pretendiera contarme a mí y por mí al mundo, tanto y todo desde la profundidad de sus ojos negros. No recuerdo más, salí a fotografiar la comunidad.

Margarita siguió conmigo y con cerca de medio centenar de pobladores camino a la orilla de su Marañón. Allí, ancianas, ancianos, madres jóvenes con niños en brazos, hombres y mujeres, todos entraron al río y se sentaron entre las piedras de la orilla, cerca de una balsa. Margarita se ubicó delante de los defensores de la serpiente de oro. Algunas horas después, me fui de la comunidad y fui consciente de que en la inmensidad de la mirada enérgica y de sosiego, mucho había vivido aquella sabia anciana de Tutumberos. Quería pensar que volvería algún día, a pesar de saber que los fotoperiodistas difícilmente volvemos a los mismos lugares distantes. Con el tiempo, me di cuenta de que siempre volvía a ella, a su foto, a su mundo. ¿Quería eso decir que había quedado conectada?

Ataktushakam wainkattajame, “volverte a ver”

El registro en Tutumberos y otras comunidades sirvió para proponer cuatro reportajes en un medio impreso en mi país donde había laborado hace varios años, sobre los ecocidios en esos territorios awajún. Uno, destinado a Tutumberos y sus afectaciones frente a la posible hidroeléctrica, además de sus problemas por la contaminación del río Marañón. Otro sobre otra comunidad aledaña, y las secuelas del derrame de petróleo en los niños. Uno más sobre un parque nacional en la frontera entre Perú y Ecuador, y ser territorio liberado ante la minería ilegal. Y el último, sobre el pensamiento y la propuesta del pueblo originario awajún frente a la defensa de su territorio y sus recursos, y cómo pueden vivir en armonía con la naturaleza al tiempo que la protegen. El medio aceptó los cuatro reportajes. El primero publicado, sobre el abandono de la atención de la empresa estatal a los niños, incluía testimonios, relatos de familias y niños, y reproducciones de expedientes del centro de salud, donde se daba cuenta del estado de salud físico y emocional y el deterioro en los niños. En respuesta, la empresa estatal dedicada al petróleo envió una carta notarial en la que solicitaba que los periodistas que habíamos elaborado el reportaje nos rectificáramos en nuestra publicación, que consideraban falsa en todo contenido. El medio publicó la carta y nos dijo que se suspendían las demás publicaciones acordadas y que ellos respetaban la veracidad de nuestro trabajo, pero que no podían verse involucrados en problemas económicos o de avisaje. Dos meses después de haber recorrido Tutumberos y otras comunidades awajún, haber visto los problemas de minería ilegal en la Cordillera del Cóndor, cuando ya estaban editadas las imágenes para los cuatro reportajes, tuvimos que dar por cancelada la posibilidad de dar voz al pueblo originario awajún en Amazonas. Así tuve que cancelar a la mujer río.

Fue grato saber que en los años siguientes, esas coberturas en zona awajún, en información, imágenes y videos, fueron utilizadas para que diversas instituciones, a través de sus proyectos de cooperación, siguieran con su respaldo e impulso a la visibilización de estas problemáticas en esa parte de la Amazonía peruana. En aquel viaje, también quedé contactada con pobladores locales que de una u otra forma apoyaban esos esfuerzos de organismos de cooperación. En paralelo, en mis redes sociales Facebook, Instagram, publicaba diversas fotos del viaje. Siempre recordaba a Margarita.

Ante la llegada de la pandemia del Covid 19 en marzo del 2020 y el cierre total de contacto y traslados, surgió de inmediato la preocupación entre amigos periodistas, investigadores y antropólogos, sobre qué sucedería con las comunidades amazónicas: cómo se cuidarían, cuándo y cómo llegarían las vacunas o el apoyo económico del Estado y cómo enviarles víveres. Propuse al medio impreso donde colaboraba, la revista Somos del diario El Comercio, un reportaje en el que lanzaba hipótesis sobre qué sucedía en las comunidades de la Amazonía peruana y sus fronteras, si se habían desplazado, cómo habían decidido protegerse y qué pasaría con ellos. Surgió de forma natural. De inmediato pensé en ella, en Margarita, en la mujer que cultivaba likes en mis redes sociales con aquel retrato con sus manos a la manera de la iconografía cristiana que la hacían ver como una santa.

Gersón Danducho, un amigo educador awajún, que vive cerca de Tutumberos, luego de contactarlo y pedirle me compartiera información sobre Margarita, me informó que ella, su familia y casi toda su comunidad, al recibir la noticia de la pandemia, la misma noche se habían trasladado rumbo al monte, a unas cuatro horas más arriba de su comunidad. Margarita les había dicho que tenían que hacer lo mismo que hicieron sus padres y sus abuelos: irse, alejarse de la enfermedad que llegaría de lejos, de la misma forma que hacía 60 o 70 años cuando otras enfermedades los habían atacado y diezmado por contagio. La lideresa les había recordado que en las décadas de 1950 y 1960 del siglo pasado, tal como sucedió tras el “encuentro de dos mundos” y el proceso de conquista, los colonos llegados por la expansión del extractivismo en resinas en la Amazonía les habían llevado enfermedades como viruela, malaria, fiebre amarilla, tuberculosis o sarampión. Publiqué el reportaje con la foto de Margarita y sus manos en rezo como apertura, a tamaño A4 completo. Escribí sobre Margarita, los awajún y otros pueblos originarios amazónicos en diversas fronteras y cómo sus líderes, sobre todo mujeres, habían optado por la retirada para cuidarse. Tiempo después, al comunicarme con el mismo Gersón en tiempos de encierro, me comentó que a los cuatro meses, Margarita, su familia y su comunidad habían retornado a sus viviendas, con la preocupación latente de salud y alimentación.

Entre 2023 y 2025, varios amigos me escribieron para pedirme que les obsequiara la foto de la mujer amazónica que está con sus manos en posición de rezo en mis redes. Algunos medios digitales también la usaron para sus artículos en temas de Amazonía. A finales de 2025, una institución me escribió para poder publicar aquella foto que mi mamá Manuela llevaba varios años llamando “la foto de santa Margarita”, que le inspiraba tanta ternura como para, alguna vez, haber llorado mientras la veía, así como lloró al ver una foto en primer plano de los pies de Margarita en el río. Eran sus pies grandes, descalzos que tocaban el río, muy deformes y agrietados. Mamá dijo que le sobrecogía pensar todo lo caminado por Margarita en busca de una justicia que no vemos ni conocemos.

El pedido de la foto de santa Margarita en noviembre pasado generó mucho diálogo con esa institución, que luego me invitó a integrar un nuevo viaje al Amazonas, a comunidades awajún cerca de Tutumberos. El objetivo era llevar apoyo en víveres y regalos para niños en Navidad, pero sobre todo, la posibilidad de iniciar un diálogo con sus dirigentes, pues se deseaba iniciar un proyecto que buscaba resolver el problema de la calidad del agua, no apta para consumo humano, debido a que el río Marañón aún padecía de altos niveles de contaminación. Entonces, me contacté de nuevo con mi amigo awajún, Gerson, y pude conversar con un dirigente de Tutumberos, quien accedió a recibirme para que integrantes de la institución explicaran a la comunidad el proyecto gratuito de hacer bebible el agua del Marañón. Yo estaba feliz, pues apoyaba la integración de Tutumberos en el proyecto para que varias comunidades dispusieran al fin de agua bebible, y, aún más, podía volver a ver a Margarita. También cargaba el dolor de saber que Zacarías, su hijo, había fallecido tres años atrás por una enfermedad gastrointestinal vinculada con el consumo de aquella agua contaminada.


Margarita y su “serpiente de oro”

“La abuela de Margarita se llamaba Tijish, y le enseñó todo tipo de artesanía, como collares, canastas, pulsera, cerámicas, aretes, todo. A Margarita, cuando tenía nueve años, su abuela le dijo que cuando fuera mayor y se casara, podría hacer de todo. Entonces, la señora Margarita temprano se dio cuenta de que iba a ser artesana, como la mamá de su abuela, como su abuela, como su mamá Soania” (Margarita Chamik). (5)
Regresar a ver a Margarita y fotografiarla, me generó emociones y preguntas los días previos: ¿cuánto habría cambiado?, ¿cómo estaría su salud?, su familia?, ¿me reconocería? Llegado el día de tomar el vuelo rumbo a Amazonas, mi madre me preguntó si llevaba conmigo la fotografía de “Santa Margarita”, además de encomendarme que, cuando la viera, le preguntara cómo hacía, en medio de la difícil vida que tiene, para vivir en paz.

Ya en Tutumberos, después de haber cruzado un puente nuevo de madera, además de haber vuelto a subir a la oroya para cruzar el río, esperé a Margarita en una esquina de una casa en medio de un arenal, pocos árboles y aves cantando. Media hora después, la vi venir. Cargaba sus años, apoyada en un bastón que daba cuenta del paso del tiempo. Desde lejos, veía su sonrisa de pura ternura en mí. Caminé unos pasos a darle el alcance, nos abrazamos, temía que ella no me reconociera. Estaba equivocada. Yo llevaba su foto impresa, otras de su comunidad, también sus fotografías con Zacarías. Se las entregué, me miró y comenzó a sonreír y a llorar, mientras me decía palabras en awajún que yo no comprendía, pero que mi corazón de admiración y cariño tradujeron como “qué alegría verte”, “también te extrañé”.

En la noche, ya en su casa, con su familia, sus hijas, yernos, nietos y bisnietos, además de ver el arte que les permite su sustento, ella y sus ella y sus hijas habían confeccionado, aunque intrusa, procuré que mi presencia fuera lo menos invasiva posible, buscaba dejar fluir los hechos. Trataba de ser invisible y solo hacía requerimientos muy puntuales. Pregunté cómo vivía Margarita, qué hacía en su día a día. Ella también hacía preguntas. Les comenté qué estuve haciendo con mi vida estos años, por qué estaba allí, y por qué era importante para mí que ella me contara sobre su vida: su pasado y el de su familia, la historia de su comunidad, los problemas cotidianos y cómo se comparaban con los de antes, su emprendimiento con la artesanía, ese arte de origen tan remoto y tan alejado de las academias, además de lo importante que era para mí conversar sobre su río y su forma de ver y convivir con la naturaleza. Para hacer posible esta conversación, sentados todos alrededor de la mesa, Levi, el esposo de su nieta, hacía de traductor, mientras Lidia, su hija sentada al lado de Margarita, también apoyaba diciéndole en awajún las preguntas que yo le hacía. No fue sencillo sentarse a conversar con Margarita, pues la traducción hacía lento el proceso, seguido de la poca paciencia de ella que sin reparar, seguía tejiendo, bordando, se paraba para vigilar la comida en el fuego. Se ponía a jugar y a acariciar a los gatos y nietos mientras imitaba el canto de las aves o seguía comiendo yuca. Su familia estaba atenta a sus respuestas, comentaban que nunca habían escuchado las historias de Margarita, tampoco habían preguntado. Ninguno de la más de una docena de familiares presentes tenía certeza sobre la edad de la sabia. “Sólo cuando vienen extranjeros quieren saber de ella”, comentó su hija Lidia.

Margarita Chamik Cumbia ronda los 86 años. Es viuda, tiene cuatro hijas, 35 nietos, diez bisnietos. Zacarías, su hijo mayor, falleció con 40 años. En su familia, su abuela Tijish Tsamajain y su abuelo Tsamajain fueron los primeros en llegar a Tutumberos. Levi nos traducía el relato bastante interrumpido de Margarita, quien contaba que en su familia ella fue la primera en usar ropa de manera cotidiana. Ni su madre, Suwania Tsamajain o Soania, de niña, ni nadie en su comunidad cubrían su cuerpo. Por ello, aprendieron a secar y procesar las hojas del árbol cabush, hasta que quedaran blancas. Pero fue necesario aprender a teñirlas de rojo, para que no se vieran las manchas que dejaba la menstruación.

Margarita es la mayor de siete hermanos, uno ha fallecido. Desde su abuela Tijish y su madre Suwaina, encontraron en el arte su sustento. Ella también está orgullosa de serlo, pues en promedio al año viaja tres veces a diversas regiones para la venta de su arte, así como para participar en experiencias de capacitación para aprender y llevar esos conocimientos a su grupo de mujeres emprendedoras.

Así confecciona collares, pulseras, aretes, tocados, cestos y una diversidad de objetos de madera, como varas, platos o cucharas. Sus insumos son diversos, sobre todo semillas naturales que recolecta del monte, o también plumas de gallitos de las rocas que encuentra en su camino. En su comunidad, lidera una asociación de artística, integrada por siete mujeres mayores, sus hijas y sus nietas adolescentes. A ellas las capacita y les enseña que sus diseños ancestrales son inspirados en la naturaleza, en las aves, los animales de monte, el agua, la forma de los árboles, hasta en ver un atardecer o la forma de la luna. Por ello, a pocos metros de su casa, está en proceso de construir, con hojas de plátano en el techo y columnas de madera, el local de su asociación y centro de artesanías. Pero no puede concluirlo pronto, al haberse terminado el dinero que les auspiciaron para esta obra.
Levi sigue con la traducción e hilvana los recuerdos que tiene Margarita de quienes llama sus “paisanos ancestrales”, y su relación y vida con la naturaleza. Su educación, si eran cazadores. También la comunidad comenzó a hacer sus chacras en las pequeñas casas. Allí sembraban yuca, de la cual bebían el masato. Sembraban plantas medicinales, como ashan, chuchuhuasi, shijin, daon, entre otras que les curaban de todas sus enfermedades. Luego, cuando vinieron los colonos en la época de expansión de carreteras, comenzaron a comercializarlos a través del trueque, y adquirían de los mestizos machetes, cuchillos, ollas, telas, cartuchos, balas, hachas.

Del árbol de shihin extraían su fragancia para usarla como colonia; del árbol de abijuco hacían collares y pulseras; mientras que del árbol de cicuth o vainilla, que tenía buen aroma, los jóvenes lo frotaban y por ello, también usaban su vaina y semillas para hacer collares que usaban para atraer a las mujeres. El árbol de achiote, al igual que en tiempos incaicos, se usa para maquillarse.

El rostro de Levi se vuelve triste cuando comienza a escuchar la respuesta de Margarita ante la pregunta sobre su río Marañón y cómo lo sigue cuidando. Ella habla rápido, entre enérgica y apenada. Dice que el río se ha enfermado, que lo están abandonando, que en las ciudades no se dan cuenta de que el río es bien importante porque nos da la vida, nos da el agua, y si el agua se enferma y se acaba, también se acabarán las semillas, se acabarán los árboles. Comenta que cuando ellos trabajan, tienen que beber agua, pero si no están cerca de su casa, no pueden ir a tomarla del río Marañón, porque se enfermarían. Entonces tienen que ir lejos, a beber agua de la quebrada para para no enfermarse, pero allí también hay animales muertos, también hay agua contaminada. Ante ello, siempre están inseguros, y no pueden comprar botellas de agua por su alto costo.

La mujer río no sabe qué pasará con su Marañón. Le dije a Levi que a su rio también se le llama “serpiente de oro”. Le cuenta a Margarita, quien le responde con tristeza: mejor debería llamarse “serpiente de bronce”, por lo venenosa que se ha vuelto. Le dice que ya lo cuidaron de ser una hidroeléctrica, pero que ahora toda el agua que de allí viene está contaminada por la minería ilegal, por desagües, por la basura que allí se arroja. Le dice que ya nadie debería bañarse allí, porque se van a enfermar de la piel. Curar el río es posible si van a hacer obras, pero que ella no conoce el corazón de las personas que con frecuencia llegan al enclave. Entonces no sabe si puede confiar, porque la minería también mata. Han muerto los peces, y los que hay, si los comen, enfermarán ante el alto nivel de plomo, y son los niños quienes siempre se enferman con diarreas por culpa del agua contaminada. Margarita es una mujer ya anciana. Antes ya había defendido el río, pero ahora quisiera llegar a ver el día en que su río se sane.

Nota:
Al cierre de esta crónica, 8 de junio de 2026, un día después de las elecciones presidenciales en Perú, con un empate técnico entre dos posturas políticas, la candidata de la derecha, Fujimori, ha planteado que se construyan 20 hidroeléctricas en esta zona de la Amazonía, para represar el Marañón. Chamik y miles de pobladores podrían quedarse sin acceso ni uso directo del río. El candidato de la izquierda, Sánchez, ha planteado una agenda ambiental centrada en la protección de ecosistemas y diálogo con estas poblaciones vulnerables. En 2025, la justicia peruana declaró al río Marañón y sus afluentes como sujetos de derechos, lo que implica que el río tiene una personalidad jurídica, y su defensa es independiente de los intereses humanos, pues tiene derechos como fluir libre de contaminantes y conservar su estructura y funciones ecológicas. A la fecha, Margarita y su hija Lidia siguen viajando, y venden su arte en ferias en el Perú para sostener su economía de supervivencia. La organización con la que viajé en diciembre pasado está en espera de donaciones que aprueben financiar su proyecto, que hará que miles de pobladores en esta amazonia awajún, como en Tutumberos, puedan beber agua curada de su río Marañón.

Mi utopía

La fotografía no es la verdad, sino la interpretación de una realidad que el artista aprehende en función de sus conocimientos, sus emociones, sus sueños y su intuición. Ya lo decía el lúcido Brassai, “la vida no puede ser captada ni por el realismo ni por el naturalismo, sino solamente por el sueño, el símbolo de la imaginación” (Graciela Iturbide). (6)
No soy una creadora de imágenes, pues todas ellas ya existían en mis rutas. 

Entre la fotografía y el periodismo, mi mirada construye y consume historias. Estoy muy agradecida de haber visto y estado con tantas personas, espacios, tiempos, circunstancias, creo, sobre todo, en ser alguien que contempla imágenes desde lenguajes como el fotoperiodismo, la fotografía de viajes o la fotografía artística, y sigue en búsqueda de fusionar, a partir de ellas, su modo de ver y contar.

Algo que me enseñó el periodismo es a dar voz. Pero no puedo hacerlo si no conozco antes, o al menos en paralelo, a sus protagonistas, sean personas o la naturaleza misma. Algo que me enseñó la fotografía de viajes es a transitar entre la dimensión de la realidad de los protagonistas y la dimensión de la fascinación de mi ser real ante lo fotografiado. Algo que me enseña la fotografía artística es a narrar desde esos dos primeros lenguajes, y poder representar imágenes desde mi ser utópico y soñador, y generarles una iconicidad con una carga simbólica que me permita narrativas que conecten mis imágenes con sensibilidades diversas, en tiempos distópicos. Sobre todo, para los protagonistas de mis relatos visuales y escritos, como en este caso Margarita, la mujer-río, y su serpiente de oro, el Marañón.

Por ello, hubiera resultado en vano emprender un ejercicio, presentar este relato visual sin haber realizado esta previa narrativa escrita que contextualice y, una vez más, ponga en agenda los conflictos socioambientales en la Amazonía. Ha sido un ejercicio saludable, por cierto: el rol de la memoria es dar vigencia para no olvidar, para tener respuestas.

Dicen que a los fotógrafos nos corresponde hacer las imágenes, y que dejemos a todos los demás que las critiquen, interpreten, hagan suyas o expulsen. Sin duda, este texto es un ritual que me permite hablar sobre mis imágenes. En la Amazonía peruana lo llamaríamos “pasaje”, algo así como dejar de ser niño y convertirse en adolescente: crecer. Más precisamente en mi caso, madurar con las imágenes y poder desdoblarme, salir de ellas para pasar de la contemplación al análisis, de forma que a ambas nos permita crecer.
FIGURA_1
Retrato de Margarita Chamik Cumbia, sabia awajún, en su casa de la comunidad awajún de Tutumberos, distrito de Imaza, provincia de Bagua, región Amazonas, Perú, 2017-10-24.
Fotografía digital

Figura 1. Margarita Chamik Cumbia, foto en su vivienda el año 2017. La corona, brazaletes y collar o pechero con diseño de rombos, son el arte que ella teje, diseña y confecciona desde niña. Su vestido es de uso cotidiano. Es la mujer-río con sus elementos. Ella se convertiría en mi ícono.

El fotoensayo acompaña mi forma de producir mis reportajes. Como no hay mucho tiempo para quedarme en los lugares donde voy, establezco primeras conexiones a partir de conversaciones informales, que luego se vuelven entrevistas. En Tutumberos, llegar y haber estado en casa de la lideresa de la comunidad, ser mujer y por ello tener mayor nivel de confianza, sumar a mi presencia como periodista y fotógrafa facilitaron una mayor empatía. Las limitaciones, en este caso idiomáticas, me generaron mayores fijaciones en signos que, al ser conocidos por anteriores viajes, pudieron hacer hablar a la imagen de muchas maneras que se retrata un problema. Por ejemplo, la carga emocional establecida por Margarita a partir del objeto collar como elemento de orgullo, en un plano donde ocupa gran proporción de la imagen, en armonía con el color rojo permanente en su único traje. 

Las manos juntas de Chamik convirtieron la imagen en un ícono vinculado con la fórmula iconográfica de la santidad. También, dada la coyuntura sin resolver de los conflictos en el lugar, apoyaron otra lectura, la del gesto de “pedir”. Así, si la santidad bendice, y las manos lo hacen, la santidad de quien es humana, de una minoría. Lo grato fue que, con el tiempo, el metalenguaje de pedir se anuló y, como relatáramos, ha quedado vigente el concepto de “santa Margarita”.
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Detalle de los pies de Margarita Chamik a orillas del río Marañón. Comunidad awajún de Tutumberos, distrito de Imaza, provincia de Bagua, región Amazonas, Perú, 2017-10-24.
Fotografía digital

Figura 2. Pies de Margarita en el río Marañón, año 2017. Transmutación y fusión de los seres, mujer río y serpiente de oro, huella necesaria para entender esta cosmogonía.

Hay una presencia en ausencia de Margarita. No requerimos su estructura corpórea para atisbar y aprender su liderazgo, edad, sabiduría. Ambos seres que tienen la categoría para el pueblo originario awajún de “persona”, se complementan y comunican. Dos imágenes aparentemente separadas, pies y río, se unen en una gama cromática gris, en forma imprevista de la naturaleza. No son unos pies tal cual, Occidente transita en su cliché de formas. Son unos pies que pueden dar cátedra de lo caminado, pisado, sentido, dolido, vivido. La cosmogonía y cosmología como el entendimiento común del origen de ambos: el río toma la forma del espacio y la ruta que lo concibe, los pies toman la forma que el andar de décadas les ha permitido. Ambos han crecido y se han formado en libertad; ambos se expanden más allá de las proporciones o reglas de las formas convencionales; y ambos, por el devenir del tiempo y el conocimiento, aplican la trasmutación para ser el otro, juntos visualmente se complementan. El ángulo refuerza las formas. El mito de la novela peruana, Marañón del color de la serpiente de oro, rico, atractivo, dorado como el sol, se diluye y nos ofrece una lectura de la realidad de río marrón, nos introduce en el conflicto medioambiental.
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Detalle de hoja de palmera iluminada en contraluz con un puntero de luz roja, 2023-29-07, región de Orellana, Ecuador.
Fotografía digital
Figura 3. Detalle del cordón umbilical invisible, latente y vigente entre el mundo de mis utopías y el mundo hoy distópico de Margarita. O de cómo un centímetro de la realidad vegetal viviente puede conectarnos con nuestra pasada realidad naciente, las venas abiertas de ambos.

Es necesario introducir al espectador en la necesidad de comprender las conexiones que se establecen entre quien crea narrativas y su objeto en una dimensión icónica. El cuerpo, su espacio de dar nacimiento, el cordón umbilical, como territorio sensible, mutado, indivisible entre creador y obra. La hiperrealidad que una proporción de un centímetro de un elemento hoja, se convierta en el conector entre dos seres de dos mundos distintos, se evidencia como un proyecto fotográfico que parte de profundas sensibilidades. Este elemento se convierte en parte de la misión del trabajo como autora. Conectar elementos de 180 grados, utopía desde su mundo occidental y de beneficios, distopia desde el mundo rural y de fronteras con carencias de su fotografiada. ¿Cómo hacer compatibles ambos? El tránsito de los lenguajes de la autora permite apropiarse de un elemento registrado en el universo de la naturaleza, y acogerlo como parte de su proceso de entendimiento de su rol de narradora, pero que también comprende y hace suyo su cuerpo como territorio.
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Detalle de los pies de Margarita Chamik saliendo del río Marañón. Comunidad awajún de Tutumberos, distrito de Imaza, provincia de Bagua, región Amazonas, Perú, 2017-10-24.
Fotografía digital
Figura 4. Escapando de la serpiente.

Pausa de la líder saliendo del Marañón.
Dentro de la narrativa expandida de la obra, el texto-foto en otras plataformas, para efectos del presente producto, comprendo esta imagen como un silencio visual. Y lo escribo en primera persona, porque en realidad, no hubo mucho tiempo para conocer a la protagonista. Sin embargo, el vínculo con el río, ese 2017 de mi presencia en Tutumberos, me llevó a pensar sobre todo en la amenaza patente de la posible construcción de la hidroeléctrica. Ir, venir, entrar, salir, apurar la estadía en el río. El tiempo parece diluirse, no se sabe de él. Como tampoco un encuadre definido, una rapidez de toma, una porción de agua suspendida, quieren necesariamente hablar mucho. Considero que es un silencio visual para el espectador, necesario y a propósito, para seguir en el universo del mundo del agua, del río, que nos permite detenernos a comenzar a verlo enfermo.
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Margarita Chamik en su comunidad, camino al río Marañón, 2017-10-24. Comunidad awajún de Tutumberos, distrito de Imaza, provincia de Bagua, región Amazonas, Perú.
Fotografía digital
Figura 5. Buen vivir. Amanecer de Chamik en el exterior de su casa, la conexión entre el hogar y el paisaje de su comunidad, ambos en tránsito en este encuentro místico espacio-tiempo. 

La imagen no muestra rostro. La historia sigue siendo de Margarita y su río. Sin embargo, la imagen se divide de su protagonista, en apariencia, pues no la muestra. Puede tratarse de cualquier Margarita y la suma de todas ellas. La imagen a su vez es indivisible, no se puede partir, porque corresponde a las tantas Margaritas sin nombre, sin rostro, pero de igual incidencia, pensamiento y praxis. Entonces, ellas, todas las mujeres de Tutumberos, tienen en esta Margarita sin rostro, a ellas mismas: la historia del vestido rojo que sus abuelas pintaron de la palmera una vez hecha tela.

La armonía de cargar el cesto, el orden de su artesanía hecha correa, el espacio. Los elementos de la comunidad en la comunidad, los árboles que son otras personas como los awajún de Tutumberos, que hablan de cómo viven estas personas-río.

En paralelo con la foto de “santa Margarita”, esta mujer-río sin rostro nos distancia de la información visual que nos proporcionó la foto de apertura del reportaje. Nos permite contemplar el contexto, calmado, sin luces intensas, integrados los elementos.
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Mujer awajún con una hoja de palmera, trasladándose por el río Santiago, 2017-09-12. Distrito de río Santiago, provincia de Condorcanqui, región Amazonas, Perú. 
Fotografía digital
Figura 6. Marañón.

Las hojas donde fotografiamos nuestro detalle de conexión entre cordón umbilical que se desplaza en el viaje, y una Margarita sin rostro. Todas las hojas nos conectan con las anónimas mujeres-rio luchadoras. En una placenta espacial, donde navegamos en el líquido amniótico Marañón.

En los diversos viajes por Perú, he visto el serpenteante rio Marañón en regiones y geografías muy distantes y dispares. Aparece en la sinuosidad de la unión de dos cerros que se separan, se asoma desde un mirador de nubes que le permiten ser visto desde un paisaje de sierra y altura hasta la selva baja, recorre en paralelo ríos de coloración negra. Lo he visto de varios tonos, todos grises. En la región Amazonas lo he visto marrón. La huella de la serpiente de oro que Margarita llama serpiente de bronce. Visto así, al nivel del suelo, todo marrón, surge la metáfora de la riqueza, oro para el río enfermo.

Comprender cómo la serpiente, que para el pueblo originario awajún y para todo amazónico también es la ayahuasca, la liana que tiene forma de serpiente, es una imagen que tiene una doble lectura: en la narrativa, veinte centrales hidroeléctricas se hubieran construido en este río enfermo. En la narrativa occidental, el río de oro solo sirve para ser represado, para estar al servicio de abastecer de agua a los ciudadanos de Lima.

El reportaje continúa con presencias femeninas, a las que vemos desplazarse, ahora acompañadas de quienes las cuidan de la lluvia, les permiten proteger el alimento, les permiten extraer insumos de las hojas de plátano para sus emprendimientos de arte.
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Margarita Chamik recogiendo agua en la entrada de su casa, 2025-12-07. Comunidad awajún de Tutumberos, distrito de Imaza, provincia de Bagua, región Amazonas, Perú. 
Fotografía digital
Figura 7. Margarita agua.

Fotografía de diciembre de 2025. Ha transcurrido casi una década de haberla conocido cuando protestaba en defensa de su Marañón. En la entrada de su hogar, las huellas de la porción de río y territorio sumado a su ser se mimetizan.

La imagen ha perdido toda su imposible codificación estética en significante y significado. Su carga visual como parte del fotoperiodismo, entra en una narrativa abrupta que nos confronta con la realidad: Margarita evidencia su vida hoy, sin la magia de su vestido rojo, con los años encima. ¿Dejó Margarita de ser nuestro ícono? El río es ahora un charco negro, todo está segmentado, cortado, hasta el rostro de Margarita. Sólo un diminuto gato negro bebé parece no comprender la escena. Necesitamos saber de este ecocidio, que muestre hoy de qué lado estamos, quiénes somos, o no estamos viendo más allá. La información en su lenguaje del color se nos rompe en la textura, todo es gris, en una imagen lavada, donde el punctum es un balde gastado y de color enfermo como el río. Es la otra realidad hoy de la mujer agua.
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Margarita Chamik cosiendo su artesanía con semillas que introduce en un collar, una madrugada en su casa, 2025-12-07. Comunidad awajún de Tutumberos, distrito de Imaza, provincia de Bagua, región Amazonas, Perú. 
Fotografía digital
Figura 8. Aparecida.

Vivienda con la líder en madrugada, teje su arte, trabaja su arte, entreteje su vida como hace 7 décadas en la riqueza que es seguir siendo y soñando a pesar del entorno adverso. Cuanta riqueza humana.

La conexión con la realidad a partir del registro de hace pocos meses nos muestra que la práctica en el fotoperiodismo también refleja formas, contraluces, movimientos, en espacios que muestran una atemporalidad. ¿Aparecida es la sabia? Nuevamente, el quitar el rasgo identitario, el no saber qué sucede en este contraluz, no nos permite entrar a ver el detalle esperanzador de la foto: Margarita da identidad al terruño y es emprendedora. Se ha levantado a las 4 de la mañana a seguir tejiendo sus artesanías, como lo hace todos los días desde hace más de medio siglo. Margarita deja de ser “persona” a pesar de que las personas siempre son reales. Vuelve a ser personaje, a pesar de que abrace un contexto visual y se muestre opuesto a lo que narramos. La doble representación, la dualidad del discurso visual, se hace presente. Pero encontramos una imagen que también nos evoca a su río, en apariencia representado como olvidado.
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Hormigas transportando pequeñas partes de una hoja de palmera, 2017-12-02. Región amazónica de Zamora-Chinchipe, frontera entre Perú y Ecuador. 
Fotografía digita
Figura 9. Tal cual ellas. La metáfora de la vida de las mujeres con y sin rostro de esta crónica. Seguir, trabajar para alimentar a sus seres que llevan su poderoso afecto, sus maridos, hijos, nietos, reyes o reinas, qué más da el parentesco o género, es hacer sin cansancio.


De la fotografía de viajes recojo la capacidad de asombro ante los movimientos registrados por diminutos seres desde un lente macro. Quizás el fotoensayo pueda permitir que fijemos en la memoria el aporte del contenido visual, deconstruir el relato, para metafóricamente acercarnos a ver a las mujeres de Tutumberos, a quienes nunca hemos vista descansar. “Trabajan como hormigas”, pensamos al verlas. Cuando vemos el detalle del movimiento de las hormigas, una coordinación perfecta en el paso de cada pata, ello nos recuerda la naturaleza humana. Entonces, la mirada de la creadora permite transmutar entre estos dos universos que conoce, vuelve a ser fotógrafa de viajes que intercambia aportes entre naturaleza registrada, vuelve a darse cuenta de que está de viaje, y que su ánimo de establecer conexiones visuales le permite comprender más el “buen vivir”, la armonía con los ríos y el cuidado de árboles porque todos, humanos y naturaleza, son personas, y como tales las hormigas trabajan.

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Detalle de tronco de árbol, 2023-29-07. Región de Orellana, Ecuador. 
Fotografía digital
Figura 10. Mimesis. Ya todo está dicho en idioma awajún, han hablado los indivisibles humanos y seres río a través del icónico árbol sabio.

Para lograr que las manos invocadoras de ruego o rezo de Margarita en su retrato trasciendan su discurso, su espacio y tiempo, en la narrativa utópica en la que me empecino en orientar la lectura, las manos de Margarita, humanas, deben tomar y habitar el cuerpo y espacio de su otro par, como ella: la naturaleza. Allí, al tomar su mimesis es posible comprender la dimensión del caos del tema de conservación y derechos. Desde la creación artística se debe protestar, luchar, expresar. El espectador debe interpelarse.
La fragilidad de la textura de la imagen, nuevamente reflejada en unos labios de forma femenina, abiertos desde y con una forma sutil, están en proceso de crecimiento. El color poco invasivo, en una imagen muy cerrada, nos permite la relación con la foto del cordón umbilical: ambas imágenes macro han abordado el inicio y casi final de un reportaje que hace hablar al territorio habitado, al cuerpo que se resignifica, pero que mantiene su capacidad dialogante de querer llevar a otro nivel de narrativa visual al espectador.
El pensamiento rizomático a partir de la imagen nos ha permitido establecer conexiones como reflexión final para abordar la lectura necesaria. Awajún es rizoma.

FIGURA_11
Margarita Chamik en el río Marañón, 2017-10-24. Comunidad awajún de Tutumberos, distrito de Imaza, provincia de Bagua, región Amazonas, Perú. 
Fotografía digital
Figura 11. Memoria y silencio

La lideresa fue, es y será. En nuestro último encuentro en diciembre pasado, nuestra conexión afectiva nos hizo verla todavía con la misma energía. En la foto de nueve años atrás, su mirada esperanzadora y su rostro tenso mostraban su esencia, guerrera awajún como lo son desde hace más de 400 años por la defensa del territorio que habitan. No podemos conectarnos por la diferencia idiomática, pero recuperar esta imagen del archivo, y darle vigencia, nos hace recuperar y saber dónde nos ubicamos en esta codificación narrativa a lo largo de sostener este tema desde hace casi una década. Sin entrevistas, sin seguimiento, sin información y sin el contacto que hemos continuado estos años, quizás no habríamos podido sostener las emociones, que nos permiten identificar significados profundos y necesarios, como el contenido evocativo de esta imagen de archivo.


FIGURA_12
Reencuentro: Margarita Chamik y yo, en su casa, 2025-12-07. Comunidad awajún de Tutumberos, distrito de Imaza, provincia de Bagua, región Amazonas, Perú. Fotografía: Lidia Cumbia Chamik (hija de Margarita).
Fotografía digital
Figura 12. Conexión. Trascendiendo el registro

Flor de María Soledad Ruiz Muñoz.
Margarita Chamik Cumbia.
Seguimos siendo.

Tal vez sea necesario transformar nuestra percepción occidental, homogeneizadora del aparato y, en un sentido metafórico, invertir la cámara. Dirigirla hacia los responsables, y no únicamente hacia las víctimas. Esto constituye un posicionamiento crítico que potencialmente busca exponer las estructuras de poder, las injusticias y las responsabilidades implicadas en cada situación. Ello supone desplazar la mirada: pasar de una representación centrada en los sujetos vulnerables a otra que ponga en evidencia a los actores, las instituciones y los sistemas que perpetúan la desigualdad. De este modo, la fotografía podría convertirse en una herramienta de deconstrucción y crítica social, en una estrategia de subversión institucional que trasciende el simple registro de la realidad. Este planteamiento se inscribe, inevitablemente, en una discusión más amplia sobre el arte político y los límites de su eficacia real: ¿por qué confiamos en que las instituciones artísticas puedan influir en las decisiones políticas? (Sergio Valenzuela) 


NOTAS

(1) Joan Fontcuberta, "DE FOTO #06 | Joan Fontcuberta: formateando la realidad", entrevista de EXIT MEDIA, 17 de diciembre de 2024, 
https://www.youtube.com/watch?v=BpR-PvLpP2Q.

(2) Eduardo Viveiros de Castro, La mirada del jaguar. Introducción al perspectivismo amerindio. Entrevistas (Buenos Aires: Tinta Limón, 2013).

(3) Gil Inoach Shawit, "Historia Awajún, en resumen", Gobierno Territorial Autónomo Awajún (GTAA), 15 de noviembre de 2022, https://gtaawajun.org.pe/historia-awajun-en-resumen/.

(4) Delmy Cruz y Manuel Bayón (eds.), Cuerpos, territorios y feminismos: compilación latinoamericana de teorías, metodologías y prácticas políticas (Quito: Abya-Yala; México: Bajo Tierra y Libertad bajo palabra, 2020).

(5) Margarita Chamik, entrevista por Flor Ruiz, 6 de diciembre de 2025. Traducción del awajún al español por Levi (yerno de la entrevistada).

(6) Graciela Iturbide, discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias (ceremonia, Oviedo, octubre de 2025).

(7) Sergio Valenzuela, “¿Excluidos o exotizados? La mirada europea en el espacio indígena”, Artishock Revista, 24 de septiembre de 2025, https://artishockrevista.com/2025/09/24/excluidos-o-exotizados-la-mirada-europea-en-el-espacio-indigena/.